Los pacientes que pasan semanas conectados a ventilación mecánica invasiva pueden desarrollar el Síndrome de Debilidad Adquirida en UCI, el que se caracteriza –principalmente- por una debilidad muscular generalizada, siendo fundamental la labor del Kinesiólogo.

Aún hay una comprensión incompleta del Covid-19, sobre todo de las secuelas a largo plazo, como de las funciones motoras posterior al ingreso a una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) que puede tener un gran impacto –por meses- en la calidad de vida de las personas, luego del alta de la UCI o incluso no volver a los niveles normales de la función física.

Tal como explica Camila Mautner, docente de Kinesiología USS Valdivia, entre un 25% a un 65% de los pacientes que se conectan a ventilación mecánica invasiva por más de cinco días desarrollan el Síndrome de Debilidad Adquirida en UCI, “el que produce una disfunción a nivel de nervio periférico y la unión neuromuscular, generando en el paciente una debilidad muscular generalizada, atrofia muscular y con ello disfunciones físicas que retrasan el retiro de la ventilación mecánica”, señala.

“En el contexto del paciente Covid-19, se asocia a una dificultad de movilidad y/o el desarrollo de las actividades cotidianas, condición que puede durar de semanas a meses luego de alta y puede estar relacionada a una pobre calidad de vida, e incluso incidir en el aumento de la mortalidad”, asevera.

No obstante, la profesional subraya que, “el ingreso a una UCI involucra muchos factores que pueden terminar en un Síndrome de Debilidad Adquirida en UCI, el que es secundario a un abanico multifactorial que incluye la sepsis, niveles de hiperglicemia que aumentan el metabolismo muscular, uso de bloqueo neuromuscular, uso de corticoesteroides y la ventilación mecánica invasiva”.

Por lo anterior, el rol del kinesiólogo es esencial para evitar estas secuelas asociadas a la atrofia muscular, pues aquellos pacientes que reciben rehabilitación logran la independencia funcional más rápido, y  tienen mayor probabilidad de caminar sin asistencia.

“La rehabilitación debe comenzar lo antes posible en la UCI, y realizarse mediante un protocolo de movilización precoz, el cual tiene diversos niveles de intervención, según el  estado de conciencia, el nivel de cooperación y la estabilidad clínica del paciente”, indica Mautner.

“La movilización precoz no sólo va a favorecer la funcionalidad del paciente, sino que actúa como un antiinflamatorio, esto es debido a que con la contracción muscular se  libera una mioquina denominada Interleuquina-6, que tiene una acción antiinflamatoria en fase aguda”, agrega.

Es así como, en el protocolo de movilización se establecen niveles, en donde en un comienzo las movilizaciones comienzan con el paciente sedado y son pasivas en cama. “Es decir, el Kinesiólogo debe realizarle el movimiento al paciente. También se utiliza la electroestimulación neuromuscular, la cual mediante electrodos implica un movimiento articular mínimo y no requiere la interacción del paciente, utilizándose tempranamente cuando está sedado y mejora la fuerza muscular”, afirmó la docente.

“Luego, se progresan a los ejercicios activos en cama y fuera de la cama, en donde el paciente realiza los movimientos y va cumpliendo diversos hitos, como la capacidad de poder transferirse desde la cama a sentarse al borde de ésta, hasta la marcha, que es el hito más esperado, para que el paciente se reintegre en sus actividades y pueda volver a su hogar, realizando funciones básicas”, detalla la académica de la USS.

En tanto, y posterior a la estadía en UCI, la rehabilitación deberá continuar, “las comorbilidades, el daño pulmonar directo por COVID-19 y las disfunciones de otros órganos y sistemas son consideraciones importantes al crear un plan de tratamiento de rehabilitación para pacientes que sobreviven al COVID-19 y sin duda será un desafío para nuestro sistema de salud”, concluye.

Por editor

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